• Por Graciela Tomassini, en Número 11 del Volumen 6
    En la sección Editorial (PDF, 937 kB)

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    Escribir la Presentación de la RANLE me confiere el privilegio de la primicia y la responsabilidad de orientar mi lectura a la detección y puesta en relieve de los ejes temáticos predominantes de cada número. Sin embargo, esta “lectura en el umbral” se desliza, indefectiblemente, hacia el terreno del goce y surge cada vez –y sin que pueda, o quiera, ponerle remedio– ese diálogo al que toda pieza de escritura está destinada para convertirse en texto. No sé a cuál de estas dos actitudes –la de mediadora responsable o la de libre fruidora– obedece mi relevamiento de dos vectores principales en este número: la defensa de la lengua española y la cultura que en ella vive y fructifica, y la celebración del arte de la palabra, que no es sino esa misma lengua puesta de fiesta, devenida símbolo en el que nos reconocemos y juego que nos convoca a demorarnos en una dimensión donde convergen los tiempos y los espacios de la hispanidad.

    La figura de Matías Montes Huidobro, ganador del Premio “Enrique Anderson Imbert”, edición 2017, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, reúne ambos cometidos en la trayectoria de su vida profesional, como docente emérito de la Universidad de Hawái, dramaturgo, novelista, ensayista y difusor, a través de una impecable labor editorial, de las letras cubanas en el exilio. A él está dedicado el editorial de este número.

    Los Estados Unidos de América albergan a la más populosa comunidad de hablantes de español del mundo después de México, con proyecciones de crecimiento continuo que no podrá contrarrestar ninguna política de estado. Sin embargo, el bilingüismo de sus usuarios y la hegemonía del inglés como lengua oficial han dado lugar al dialecto –en realidad, al conjunto de variantes dialectales– conocido como spanglish, o espanglés, según propone Emilio Bernal Labrada en su artículo, incluido en “Mediaciones”. El tema suscita actitudes diversas en los especialistas, desde la preocupación por la defensa de la norma como garantía de comunicación y mutua inteligibilidad entre las distintas comunidades de hablantes del español, hasta la celebración de la gracia, el ingenio y el color de este uso coloquial, vivo testimonio de la hibridez cultural característica de los EE.UU. Precisamente, el potencial estético y humorístico de estos rasgos es lo que Gerardo Piña-Rosales explora en su ya célebre “Don Quijote en Manhattan”, texto sobre el que dialoga con Ricardo Morán Marcos en “Notas”. Es que la lengua, como nos lo hicieran comprender Whorf y Sapir, es mucho más que un vehículo de comunicación; es, ante todo, un maravilloso dispositivo de ordenamiento y categorización de la realidad. La palabra no suscita en nuestra mente una generalización abstracta, sino una compleja combinación de imágenes, sentimientos, memorias. Gadamer dice que la palabra es un anticipo del pensamiento consumado ya antes que nosotros; es decir, la posibilidad de conocimiento de lo nuevo a partir de las complejas redes tejidas por la historia. El español judaico, llamado ladino o judezmo, lengua de herencia que llevaron consigo las comunidades sefarditas en su exilio después de la expulsión de España en 1492, cifra una memoria histórica hoy en peligro de disolverse en los Estados Unidos por la presión de un contexto sociolingüístico adverso. El documentado estudio de Luisa Kluger incluido en “Transiciones” da cuenta de ese proceso, que algunas comunidades e instituciones luchan por contrarrestar, en la convicción de que con cada lengua que se extingue desaparece una parte insustituible del espíritu humano.

    Al celo por la eficacia y elegancia del lenguaje, esta vez en el discurso académico, responde el artículo de David Lagmanovich, que con su acostumbrada lucidez y generosidad intelectual separa los gestos de una mentida erudición –expresados en la sobreabundancia de “notas al pie”– de las referencias y aclaraciones necesarias para la mejor comprensión de los textos, por ejemplo en las ediciones anotadas. Al otro vector, el de la celebración del arte de la palabra, corresponde por entero nuestra sección “Invenciones” (Palabra), que incluye, como ya es costumbre, una selección antológica de poemas y prosas de autores destacados, a la que se suman los microrrelatos de Alba Omil, espigados de su reciente libro Ensueños de una burbuja. Cuentos – Micros, que publicamos en “Tinta fresca”.

    A nuestro compartido amor por la poesía obedece que la sección “El pasado presente” de este número esté dedicada a la figura de Gastón Baquero, poeta e intelectual cubano exiliado y fallecido en la España que, al acogerlo, le devolvió su poderosa voz poética. Nuestro homenaje incluye una completa bibliografía crítica sobre la obra de Baquero que Humberto López Cruz ha compilado para facilitar la tarea de quienes deseen aproximarse a su obra. Por su parte, la lectura analítica de Diana Aradas Blanco recoge las reminiscencias whitmanianas en la poesía de Baquero, y la sección se completa con una muestra antológica.

    Gadamer dice que el poema es fragmento de ser que promete y hace vislumbrar su complemento; quizás sea esta oscura inteligencia de lo otro lo que perseguimos al leer poesía. Sin embargo, el poema es también ser en el tiempo, y como tal, arraiga en las contingencias personales e históricas vividas por sus autores. A ellas se refiere el ensayo de Orlando Rossardi (“Transiciones”), que vislumbra al hombre en el poeta Juan Ramón Jiménez. Por su parte, la edición de las Cartas a Rodolfo de Eunice Odio por Jorge Chen Sham –cuya introducción incluimos en la sección “Destacados”– nos hace reconstruir el ser de pasión que late detrás de una de las poéticas más complejas y exigentes del mundo hispánico. A ambas dimensiones –lo universal y simbólico; lo personal y humano– atiende Gerardo Piña-Rosales en su trabajo “La singladura poética de Francisco Álvarez Koki”, que publicamos en “Mediaciones”.

    Las conversaciones incluidas en “Ida y vuelta” develan la parte de aquellas circunstancias históricas y personales que pueden complementar la lectura de una obra literaria, pero su propósito más importante es mostrarnos al autor en función de lector de su propia obra. Así lo hacen Ana Valverde Osan en diálogo con la poeta y aca-démica Juana Castro; Mariela Gutiérrez con Ángel Cuadra Landrove, una de las voces más representativas de la poesía cubana en el exilio, y Luis Alberto Ambroggio con Antonio Requeni al explorar el doble perfil de poeta y periodista de esta insoslayable figura de las letras argentinas. A su vez, María del Rosario Quintana logra poner en relieve, en su intercambio con Germán Gullón, las múltiples facetas de esta personalidad destacada de la cultura hispánica, cuyas aportaciones cubren los campos de la crítica literaria, la creación ficcional y la docencia universitaria.

    No por casualidad he dejado para el final un valioso documento aportado a esta redacción por nuestro director, Gerardo Piña-Rosales, y que forma parte de su proyecto de digitalización de los archivos históricos de la ANLE. Se trata del discurso de ingreso como Acadé-mico de Número del distinguido filósofo español José Ferrater Mora, quien con la claridad y elegancia propias de quien sabe combinar el rigor expositivo con el eros pedagógico nos ilustra acerca de los “Dos modos, igualmente legítimos, de hacer filosofía”.


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